Los Requisitos De
Membresía
por R.B. Kuiper
Casi todas las iglesias están preocupadas con el crecimiento
numérico. La mayoría de los pastores en particular están ansiosos de ver la
membresía de su iglesia crecer con pasos gigantescos. Esta actitud no está mal
en sí. Si los que son añadidos a la iglesia realmente son salvos, estas
añadiduras son motivo de gran regocijo. Pero con frecuencia el deseo de crecer
es motivado más bien por la vanagloria. Y en estos casos el peligro es grande
que las campañas poderosas y las atracciones sensacionales atraigan muchos a la
iglesia que realmente no son salvos. Y esto es un mal enorme. Se deja la
impresión con las personas que le están haciendo un favor a la iglesia cuando
se unen a ella. La consecuencia es que la iglesia pierde el respeto del mundo,
y aún el respeto por sí misma. Peor, la iglesia es corrompida por el ingreso de
los que son cristianos sólo de nombre. Y comienza el proceso de transformación
de ser el cuerpo de Cristo a llegar a ser una sinagoga de Satanás.
Insistir en una fe
salvadora
Es de suma importancia hoy
insistir en el requisito bíblico para membresía en la iglesia. Y este
requisito, para adultos, es una fe activa en el Señor Jesucristo. Esto se
enseña tanto en las Escrituras que es casi por demás citar textos bíblicos. La
historia del carcelero en Filipos nos provee uno de los numerosos ejemplos.
Pablo y Silas le dijeron que para ser salvo debía creer en Cristo. Y cuando lo
hizo, fue bautizado en el cuerpo de Cristo (Hechos 16:29-88). Pero aquí mismo
surge un problema. ¿Quién va a determinar si un candidato para membresía en la
iglesia realmente es creyente? Existen dos perspectivas extremistas en cuanto a
esta inquietud. Por un lado, algunos dicen que sencillamente se debe aceptar la
palabra del candidato que cree en Cristo. Por otro lado, algunos han alegado
que la iglesia, representada por sus oficiales, tiene el deber y la habilidad
de determinar contundentemente si el candidato tiene fe verdadera. Ahora, es
obvio que las dos posiciones son tan extremistas que no son sostenibles. En
cuanto al primero, muchos de los que dicen ser creyentes no conocen quién es
Cristo ni creen realmente en él. Cualquier hombre modernista, mientras niega la
deidad de Jesús y claramente confiando en sus propias obras para salvación, sin
embargo puede afirmar que cree en el Hombre de Nazaret. En cuanto a la segunda
posición, aún los ancianos y pastores más consagrados son muy falibles. El
viejo dicho todavía tiene vigencia: la iglesia no debe presumir juzgar los
corazones de los hombres, porque no puede. Sólo un Dios omnisciente lo puede
hacer
¿Cómo debe la iglesia, entonces,
tratar este asunto de los candidatos para membresía? En este asunto buscamos el
balance. Sin tomar la palabra de la persona de manera superficial, y sin
reclamar discernimiento infalible, los oficiales de la iglesia deben examinar
los candidatos para discernir hasta donde sea posible humanamente si poseen fe
salvadora. Que tal práctica es bíblica - no hay duda, porque la Biblia nos
instruye que debemos guardar la pureza del cuerpo. Pablo le dio instrucciones a
Tito que debía rechazar la membresía de un hereje después de una y otra
admonición (Tito 3:10), y mandó a la iglesia en Corinto que debía sacar de su
comunión un hombre malo (1 Corintios 5:13).
Cuando la iglesia examina a un
candidato para membresía, debe prestarle atención a tres cosas: (1) Si los prerrequisitos
para una fe verdadera están presentes; (2) Si es evidente la esencia de la fe
salvadora; (3) Si existe el fruto de la fe verdadera.
Los prerrequisitos de
la fe salvadora
Sería necedad intentar precisar
la cantidad de conocimiento necesario para salvarse. Sin embargo, podemos
aseverar sin miedo que la fe presupone el conocimiento. Tanto el carcelero
filipense y el eunuco etíope debían ser instruidos antes que pudieran creer.
Esta misma verdad se expresa en la pregunta retórica de Pablo: «¿Cómo creerán
en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Rom.
10:14).
Un espíritu anti-intelectual
predomina en las iglesias hoy en día. A veces se llega al extremo de exaltar la
ignorancia. Existe una idea entre muchos que la fe comienza donde el
conocimiento para, y el conocimiento ¡para muy pronto! Se dice que entre menos
conocimiento teológico, más sencilla y fuerte será tu fe. La fe, se dice, es
‘arriesgarse’.
A los que consideran la fe así
les gusta repetir una vieja ilustración. El sótano de una casa no tenía
ventanas. La única luz que alumbraba el sótano pasaba por un portillo que a
veces se abría y aun así pasaba poca luz. Un día el padre de familia estaba
trabajando en el sótano. Su hija pequeña jugaba cerca del portillo abierto. Él
podía verla en la luz, pero ella no lo podía ver en la oscuridad. Llamándola,
el padre le dijo: «Tírate hija, y tu papá te va a atajar.» Sin titubear ni un
segundo, la hija se arrojó, y por supuesto fue atajada por el fuerte abrazo de
su padre. Tal como la niño tuvo que arrojarse a la oscuridad, se nos dice que
el pecador debe arrojarse sobre Jesucristo para la salvación. Pero la ilustración
falla en varios puntos. ¿Realmente se arrojó la niña a la oscuridad?
Literalmente, sí. Pero en otro sentido importante no hizo nada por el estilo.
Ella reconoció la voz de su padre. Ella estaba segura que su padre era
confiable. Ella sabía que su padre la amaba. Sabía muchas cosas de su padre. Y
fue precisamente por su conocimiento de él que se arrojó. De la misma manera el
cristiano cree en el Señor Jesucristo por lo que sabe de él.
Para precisar más, podríamos
decir que nadie puede creer en Cristo en el sentido bíblico que no sabe que él
es Dios. Es más, nadie tiene el derecho de entregar su vida en manos de Cristo
para vida eterna si no es Dios. Confiar en alguien que fuera meramente humano
sería dar honor divino a un ser humano, lo cual sería idolatría. También es
claro que nadie puede confiar en Jesucristo para salvación de la culpa y pena
del pecado si no entiende algo de su muerte vicaria. La muerte sustitutiva de
Cristo es parte del meollo de la doctrina bíblica sobre la salvación. El que no
tenga conocimiento de esto sencillamente no puede creer que el Hijo de Dios
murió en el Calvario por sus pecados.
Otro prerrequisito para una fe
verdadera es la convicción de su estado pecaminoso. Es poco probable que una
persona que se siente bien física y mentalmente vaya a buscar a un médico. No
sólo es improbable, sino inconcebible, que una persona que no siente pesar por
sus pecados busque al gran médico de nuestras almas. Sólo aquél que tenga un
corazón quebrantado y espíritu contrito podrá suspirar: «Dios, sé propicio a mi
pecador.» Sólo la persona que ha sido atemorizada por los truenos de Sinaí
puede correr a buscar paz en el Calvario. Sólo el que se conozca como un
pecador, merecedor del castigo eterno del infierno se arrodillará al pie de la
cruz, abrazado de los pies del Crucificado, y dirá: Nada traigo en mis manos,
Abrazo solamente la cruz; Desnudo, busco vestirse en ti, Débil, busco tu
gracia; Sucio, corro a la fuente; Lávame Salvador o pereceré.
La esencia de la fe
salvadora
Parece raro, pero hay mucha
ignorancia entre Cristianos, ¡aún pastores!, sobre la esencia de la verdadera
fe. Pero obviamente es necesario que tanto los que se van a unir a la Iglesia,
como los oficiales que deben juzgar su preparación para tal, tengan una
perspectiva clara sobre esto.
La fe salvador no es sólo
aceptar las enseñanzas de las Escrituras, sino una confianza en el Cristo de
las Escrituras para la salvación. No es meramente afirmar las declaraciones
sobre Cristo en la Biblia, sino comprometerse con la persona de Cristo para la
vida eterna. Seguramente no se puede hacer el segundo sin el primero, pero es
posible hacer lo primero y no llegar al segundo. Pablo de dijo al rey Agripa: «¿Crees
oh rey a los profetas? Yo sé que crees.» (Hechos 26:27). Pero Agripa no se
declaró cristiano, y por su vida se ve que era pagano. Alguien podría creer que
Jesús nació de la virgen María, que hizo milagros, que murió por los pecadores
en Gólgota, que resucitó al tercer día, y cien otras cosas acerca de Jesús, y
aún no acercarse a la persona de Cristo Jesús para la salvación.
Es necesario que un miembro de
la Iglesia Cristiana sepa lo que la Biblia enseña de Cristo, y es necesario que
sostenga estas cosas como la verdad. Pero no es suficiente. Abandonando todo
esfuerzo por salvarse a sí mismo, debe entregarse totalmente a Cristo para la
vida eterna. Esta es la esencia de la fe salvadora.
A veces se confunde la esencia
de la fe con la seguridad de la salvación. La fe ciertamente es segura, no
menos que el conocimiento. Pero no podemos negar que, debido a la confusión que
el pecado obra en nosotros, que el cristiano puede tener verdadera fe sin tener
la absoluta seguridad de su salvación en todo momento. La seguridad de la
salvación ha sido descrita como la acción reflejo de la fe. Dondequiera que se
encuentra la fe, la acción reflejo también se encuentra. Pero no tiene la misma
fuerza en todos los casos. El pecado a menudo lo debilita. No todos los
Cristianos poseen en todos los momentos aquella seguridad que expresó Job
cuando exclamó:«¡Yo sé que mi Redentor vive!»(Job 19:25), o lo que expresó
Pablo cuando dijo: «Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso
para guardar mi depósito para aquel día»(2 Timoteo 1:12). Por algo el apóstol
Pedro exhortaba a los creyentes: «Procurad hacer firme vuestra vocación y
elección»(2 Pedro 1:10). Calvino comentó: «La pureza de vida es llamada con
razón la evidencia y la prueba de la elección, por lo cual los fieles no sólo
testifican a otros que son hijos de Dios, sino que se confirman a si mismos en
esta confianza.» Es claro, que aunque el creyente debe tener seguridad de su
fe, es un hecho que no todos la tienen.
Para la membresía en la Iglesia
Cristiana, la esencia de la fe salvadora sí es un requisito, pero no la
plenitud de la seguridad. Todo el Nuevo Testamento enseña que se debe recibir
solamente creyentes en la Iglesia, pero no dice que se debe excluir a aquellos
que no tengan la plenitud de la seguridad de su salvación. La Iglesia debe
recibir con brazos abiertos aquellos que confían en Cristo, aunque tengan dudas
de vez en cuando. Nuestra Cabeza prometió que no quebraría la caña cascada, ni
apagaría el pábilo que humeaba (Mateo 12:20).
El fruto de la fe
salvadora
Las Escrituras enseñan
enfáticamente que no somos salvos por nuestras obras, sino por la gracia a
través de la fe. Pero la fe verdadera es una fe que obra. Al contrario, la
Biblia enseña que una fe sin obras es una fe muerta (Santiago 2:26). Pablo y
Santiago estaban totalmente de acuerdo en que el hombre es salvo por una fe
viva que se manifiesta en una vida de santidad. Nuestro Señor Jesús enfatizó
este hecho cuando declaró: «No todos lo que dicen ‘Señor, Señor’ entrará el
reino de los cielos, sino todo aquél que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos»(Mateo 7:20,21). Jesús también enseñó que en su venida con gloria
juzgaría a los hombres según sus obras (Mateo 25:31-46). En resumen, las buenas
obras son la prueba de que una persona tiene fe verdadera. Cada Cristiano que
profesa a Cristo debe aplicar esta regla con respecto a si mismo, y la Iglesia
debe aplicar la misma regla a todos sus miembros.
El que es creyente verdadero no
sólo debe tener, sino realmente tiene el comienzo de la perfecta obediencia a
la ley de Dios. Y la Iglesia debe demandar de sus miembros que muestren su fe
por tal obediencia.
Con respecto al anterior, la
Iglesia debe tener mucho cuidado de nunca añadir ni quitar de la ley divina. La
norma no debe ser lo que hacen muchos en tal iglesia, no lo que muchos no hacen
en otra, sino lo que manda la Palabra de Dios únicamente.
Se debe recordar que en esencia
la vida Cristiana es básicamente positiva, aunque tiene también prohibiciones.
La vida Cristiana no es sólo una vida apartada del pecado, sino una vida
enfáticamente devota a Dios. Sería posible abstenerse de toda forma de
carnalidad y a la vez descuidar toda actividad piadosa. Nunca debemos olvidar
que el no hacer el bien es uno de los pecados más groseros. En el fía final
serán sentenciadas a muerte las cabras porque no le dieron comida a los
discípulos de Jesús cuando tenían hambre, y no les dio de beber cuando tenían
sed, ni les dio ropa cuando estaban desnudos, y tampoco los visitaron cuando
estaban en la cárcel (Mateo 25:41-46).
Lo más importante es recordar
que la obediencia a la letra de la ley llega a ser desobediencia cuando se
divorcia del espíritu de la ley. Y el espíritu de la ley se resume en una sola
palabra: amor. «El amor es el cumplimiento de la ley»(Romanos 13:10). Una vida
estricta sin amor no es el Cristianismo, sino el legalismo.
Resumiendo, la persona que
confía en Cristo para su salvación llevará una vida de gratitud por su
salvación. Mientras contempla su Salvador que murió por él, no puede hacer otra
cosa sino exclamar: « Si todo el mundo fuera mío, aún sería un presente
demasiado pequeño. Amor tan grande, tan sublime demanda mi alma, mi vida, mi
ser.»
La fe engendra la gratitud, y la
gratitud da evidencia de la fe.
- Originalmente publicado en Torch and Trumpet, Junio-Julio,
1952. Traducido con permiso del Outlook, Junio 2001.
- Boletín Teológico Clir, Reforma Siglo XXI, Volumen 4, N°1,
marzo 2002

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