Pentecostés A La Luz Del Antiguo Testamento
por Ken Kok
El día de Pentecostés es el
último día de mencionarse en el Orden Eclesial Reformado. Es un día que a veces
pone a gente Reformada incómodos. Este día ha estimulado artículos tales como
«El Espíritu Santo: ¿La persona olvidada de la Trinidad?» (Una pregunta
contestada tanto positivamente como negativamente), o artículos tales como,
«Juan Calvino: Teólogo del Espíritu Santo.» En algunos lugares, dependiendo del
año, la conmemoración de Pentecostés tiene que compartir tiempo con el Día de
la Madre.
Es interesante notar que para la
iglesia primitiva, «Pentecostés» abarcaba todos los cincuenta días después de
Semana Santa. Era un período de gran gozo, durante la cual era prohibido ayunar
o arrodillarse, y muchos bautizos se realizaban.
El período de Pentecostés se
veía como aquello que mostraba el significado de los hechos de Semana Santa.
Gradualmente, el último día de este período llegó a ser la fiesta celebrando la
entrega del Espíritu Santo a la Iglesia por el Cristo ascendido. En las
iglesias Reformadas, con su perspectiva más austera de los días de celebración,
el período de 50 días fue reemplazado por la celebración de un sólo día.
El día 50 correspondía a la
fiesta veterotestamentaria de la Fiesta de la siega (Éxodo 23:16), o la Fiesta
de las semanas (Deuteronomio 16:9-12) o Pentecostés (Hechos 2:1). Esta fiesta
se realizaba 50 días después del sábado que caía durante la Fiesta de los panes
sin levadura (Levítico 23:15-21). ¿Por qué se marca las fechas de esta manera?
El día después del sábado durante la Fiesta de los panes sin levadura, las
primicias eran mecidas delante del Señor por el sacerdote. Esto representaba
que los primeros frutos eran entregados al Señor y luego recibidos de nuevo.
Las primicias eran aceptables
solamente cuando fueron recibidas de nuevo del Señor. Junto con las primicias,
otra ofrenda de ascensión era ofrecida para mostrar la total dedicación del
adorador. Con esta ofrenda se ofrecía otra de tributo que era doble del tamaño
de la ofrenda normal de tributo. La ofrenda de grano junto con la ofrenda de
ascensión era una presentación del trabajo de Israel al Señor. De esta manera
reconocían que el autor de las cosechas era el Señor. Por esto se llevaba una
doble porción de la cosecha del año anterior. Los Israelitas no podían comer
nada de las cosechas hasta que las primicias eran ofrecidas al Señor. Dios era
dueño de la tierra. Comer antes de ofrendar a Dios hubiera sido un acto
imperdonable de ingratitud.
El día de Pentecostés se
remontaba sobre la ofrenda de las primicias. Pentecostés llegaba siete semanas
después, recordándole a Israel lo que el Señor había hecho. Israel debía vivir
con base en las provisiones del Señor. Estas fiestas manifestaban el hecho de
que Dios era su Rey, y que Israel llegaba a ser una nueva creación por sus
bendiciones.
El tema de una nueva creación
sale a relucir cuando consideramos la relación entre la Fiesta de los panes sin
levadura (La Pascua), y Pentecostés. La Pascua celebraba la liberación de Dios.
Con la Pascua, la vieja levadura fue cortada, e Israel recibía nueva vida. Esta
nueva vida crecía por siete semanas. Entonces, al llegar Pentecostés, los panes
leudados eran traídos al tabernáculo. Dios había dado crecimiento y nueva vida.
La fiesta de Pentecostés celebraba el cimiento y la consumación del pacto.
No era permitido colocar
levadura sobre el altar (Levítico 2:11) porque Israel no debía devolver la
nueva vida a Dios; sólo podían recibirla. Simbólicamente, Israel tenía siete
semanas de crecimiento en justicia, y entonces le presentaba a Dios lo que Él
les había dado primero.
La vieja levadura de pecado y
muerte había sido limpiada. La nueva vida había crecido para llegar a ser una
ofrenda de dos panes. Esta era la doble porción, la porción del primogénito.
Dios levantaba su reino desde el sacrificio del cordero (que representaba el
primogénito), hasta llegar primero a la ofrenda mecida de las primicias, y
luego a la ofrenda mecida de los dos panes leudados después de un sábado de
semanas. Sería fácil relacionar esto con el Año de Jubileo, lo cual celebraba
la salvación de Dios y sus provisiones para su pueblo (Levítico 25:8-17).
Todo esto tiene relación
estrecha con la vida de Israel como pueblo de Dios. Los panes eran para los
sacerdotes. En Levítico 23:22 encontramos una repetición de la ley sobre el
derecho de los pobres de poder recoger en los campos (Levítico 19:9-10). Cuando
Israel le llevaba sus ofrendas a Dios, a la vez debían mostrar compasión para
con los pobres. Este cuidado para los sacerdotes y los pobres ilustraba la
verdad de que Israel debía vivir como la comunidad de los santos de Jehová.
Pero debemos ver otra cosa aún.
La fiesta de Pentecostés estaba relacionada estrechamente con la cosecha, y por
lo tanto con la gran obra de Dios de introducir a Israel en la tierra
prometida. Pentecostés también celebraba la entrega de la ley en Sinaí. Sinaí
era la meta del éxodo (Éxodo 3:12). En Sinaí, el Señor moraba en medio de
Israel, hablaba con ellos, y renovó el pacto. Pentecostés celebraba tanto la
fundación como la consumación del pacto. Celebraba el hecho que el Señor tomaba
a Israel como su esposa. El lenguaje de Éxodo 19:4 es el lenguaje de bodas. En
Sinaí Israel fue re-creada y renovada por el Señor, quien vivía provisionalmente
en medio de ellos.
Con este trasfondo no es difícil
ver el cumplimiento de estos temas con la venida de Cristo. El gran momento de
salvación en al Antiguo Testamento era el éxodo de Egipto, y fue conmemorado en
la Pascua y cumplido en Pentecostés. El gran momento de salvación en el Nuevo
Testamento es la muerte y resurrección de Jesucristo, nuestra Pascua (1
Corintios 5:7), y es cumplido en el día de Pentecostés. En su muerte la vieja
levadura fue definitivamente cortada una vez por todas. Fue resucitado el día
después del sábado durante la Fiesta de los panes sin levadura. Es decir, fue
resucitado como las primicias, ofrecido a Dios y recibido de nuevo. Esto da
inicio a la nueva vida.
Jesús fue resucitado el primer
día de la semana. Si lo vemos en términos de completar la semana que Adán violó
por su desobediencia, fue resucitado en el octavo día, el día de la nueva
creación. Cincuenta días después es la recreación del pueblo de Dios con el
pleno y final derramamiento del Espíritu Santo. Tanto en el Antiguo como en el
Nuevo Testamento el Pentecostés es la fiesta de la Palabra y el Espíritu.
Debemos recordar que la historia
del Antiguo Testamento es esencialmente una historia de exilio. El hombre es
exiliado de la presencia de Dios. Adán y Eva fueron echados del
jardín-santuario de Dios. Desde este tiempo hasta la construcción del
tabernáculo no había ningún santuario en la tierra. Aún con la construcción del
tabernáculo, y luego el templo, había muchos diferentes grados de acceso para
los que podían acercarse y con respecto a qué tan cerca podían llegar. Al sumo
sacerdote le era permitido entrar el Lugar Santísimo, pero sólo una vez al año
en el Día de Expiación, y sólo por un tiempo limitado. Los otros sacerdotes
podían entrar al Lugar Santo, y podían comer del pan de la proposición. Se les
daba ciertas porciones de los sacrificios también, pero sólo servían en el
santuario y luego debían salir cuando terminaban su trabajo. Los levitas podían
servir en la entrada al tabernáculo como guardas y siervos, pero no podían
entrar. El Israelita que se sujetaba a las leyes de purificación podía llegar
hasta el altar en la entrada al tabernáculo para ofrecer sacrificios, pero no
podía acercarse más hacia el Lugar Santo. Los Israelitas que no estuvieran
puros no podían entrar al tabernáculo, y no podían llevar sacrificio hasta que
se purificaran. Más allá estaban las naciones no-creyentes, que no tenían
acceso del todo. El hombre en el Antiguo Testamento básicamente está exiliado
de Dios. Todo el Antiguo Testamento declara: -Acérquese, pero sólo hasta ahí.
No negamos que el Espíritu Santo
estaba activo entre el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento. Las personas se
salvaban de la misma manera bajo el antiguo pacto como bajo el nuevo pacto: por
la gracia de Dios a través de la fe en la promesa divina de la Simiente
venidera de la mujer. No existen formas diferentes de salvación en el antiguo
pacto y el nuevo. Sin embargo, debemos reconocer que el derramamiento del
Espíritu Santo era más limitado en el antiguo pacto. Sí, el Israelita podía
orar, pero oraba con base en la obra de los sacerdotes en el santuario central.
Se acercaban por medio del sacerdocio y el sistema de sacrificios. En el
antiguo pacto, el pueblo de Dios eran «esclavos,» en el sentido de que no
conocían lo que hacía su Maestro. Bajo el nuevo pacto, somos llamados «amigos,»
porque tenemos acceso más libre (Juan 15:14,15).
Jesucristo recreó y renovó a su
pueblo, y ahora mora con nosotros. De esto habla Pentecostés, y lo celebra. Con
el derramamiento del Espíritu Santo, la Iglesia es unida a Cristo y sentada en
los lugares celestiales. Todo esto explica las imágenes de Sinaí en Hechos 2.
Están reunidos en un aposento alto. En
la Biblia, los lugares como montañas, lugares altos, techos y aposentos altos
son lugares donde se encuentran el cielo y la tierra. El grupo de 120 personas
«ascienden», y nos encontramos con acontecimientos semejantes a aquellos de
Sinaí. Sinaí se cubrió de viento, fuego y truenos. En Hechos 2 las mismas cosas
llenan la casa, tal como la nube de Gloria llenó el tabernáculo y el templo.
Fue Dios que encendió el fuego
tanto en el tabernáculo como en el templo. En el día de Pentecostés encontramos
llamas de fuego en las cabezas de los miembros de la iglesia. Ahora ellos son
el altar de Dios. Tal como el fuego en el altar representaba la presencia de
Dios, aquí las lenguas de fuego representan la presencia de Dios. Y, mirabile
dictu, no son consumidos, ni son echados fuera de su presencia, porque son
sacrificios vivos. Cuando la gloria de Dios llenó el tabernáculo o el templo en
el Antiguo Testamento, los sacerdotes no podían entrar (Éxodo 40:35; 1 Reyes
8:10,11). Todo el libro de Levítico trata este problema: ¿cómo puede un pueblo
inmundo acercarse al Dios santo? En Hechos 2 la Iglesia es sellada como el
Templo de Dios, su morada especial.
El día de Pentecostés, la gloria
de Dios - su Espíritu - viene sobre la Iglesia y la consagra como el lugar
donde él esta entronado. Inmediatamente comienzan a proclamar la palabra de
Dios, el evangelio de Jesucristo, tal como la venida de Dios en Sinaí llevó a
la proclamación de su Ley a su pueblo. Por medio de su Palabra y Espíritu,
Jesucristo sella su pueblo como su templo verdadero. El Espíritu Santo es el
regalo de coronación de Jesús a su pueblo. A través de Cristo y su Espíritu
tenemos acceso al Padre (Efesio 2:18). La Iglesia entra al santuario celestial.
La Iglesia, especialmente cuando se reúne para culto el Día del Señor, es el
santuario celestial en la tierra. Y el Espíritu Santo es las primicias de todos
los dones de Cristo.
¿Cuál es la gran promesa del
pacto? Que Dios será nuestro Dios, y nosotros seremos su pueblo. ¿Qué se nos
promete? Unión y comunión con Dios, que participaremos de la naturaleza divina
(2 Pedro 1:4). Es decir, lo que se nos promete es Dios mismo. Al darnos su
Espíritu, recibimos a Dios mismo como garantía. Y en la consumación recibiremos
más de lo que ya tenemos, recibiremos ‘más’ de Dios mismo. Todos los miembros
de la Iglesia comparten el Espíritu Santo, todos participan de la unión y
comunión del Señor que se inicia con su bautismo.
No podemos tocar en detalle el
asunto de las lenguas de Hechos 2, porque nos llevaría lejos de nuestro tema.
Sin embargo, debemos notar que las lenguas eran idiomas conocidos. Si
comparemos Hechos 2 con 1 Corintios 14:20 e Isaías 28:11, debemos concluir que
las «lenguas» eran una señal para el pueblo apóstata de Israel que la salvación
de Dios les sería quitada para dársela a otras naciones. Esto es, que Dios
quitaría el candelero de los judíos, y tendrían que salir del Israel nacional y
étnico para entrar al verdadero pueblo de Dios, la Iglesia. Las lenguas,
entonces, eran una señal de juicio contra el pueblo de Israel, y cesaron al
cerrarse el canon y cuando sucedió el juicio de 70 D.C. Las lenguas bíblicas no
tienen relación alguna con el «hablar en lenguas» de hoy
La entrega del Espíritu Santo no
es un asunto privado, individual, e místico. Es para todos en el contexto de la
Iglesia, la congregación de los santos bajo los pastores y ancianos, bajo la
predicación de la Palabra, la administración de los sacramentos y el ejercicio
de la disciplina eclesiástica. Esta es la única Iglesia que las Escrituras
reconocen. Algunas personas hablan de la «experiencia» del Espíritu Santo como
si fuera algún sentimiento interno de calor. Como dijo Lutero una vez, suenan
como si «tragaran al Espíritu Santo ¡con todo y plumas!» El Espíritu de Dios es
derramado para que vivamos juntos como Iglesia, como la comunión de los santos.
Y tal como la fiesta de Pentecostés en el antiguo pacto incluía el cuidado por
los sacerdotes y los pobres, el Pentecostés del Nuevo Testamento incluye la
comunión en amor de los santos.
La vida en el Espíritu Santo es
marcada por ser bautizado, confesar la verdad, vivir una vida de obediencia, la
adoración y tomando la Santa Cena. No hay otra cosa que sea bíblica fuera de
estas cosas. El Espíritu Santo obra fe en nosotros por medio de la proclamación
de la Palabra, y nos fortalece por los sacramentos. La Iglesia es producto de
este Espíritu. La iglesia local, visible, es donde se encuentra la presencia de
Dios. Esto es algo serio - la congregación local es el lugar donde el Cristiano
debe estar (siempre que esta congregación sea identificada como iglesia
verdadera según sus marcas, ver Confesión Belga, Artículo 29). El Espíritu
Santo obra pública y corporativamente.
San Agustín, en su obra La
Trinidad, señala la naturaleza trinitaria de Pentecostés. Con referencia a
Gálatas 4:4,5, Agustín nota que el Hijo es enviado del Padre para nuestra
salvación, y también el Espíritu es enviado del Padre. El envío del Hijo cumple
ciertas cosas en la historia de la redención, también lo hace el envío del
Espíritu. Somos unidos a Cristo y compartimos su unción. La obra del Espíritu
Santo nos introduce a la congregación de Dios, a la presencia del Padre por
medio del Hijo. Somos llenos de su Espíritu, comenzando en nuestro bautismo,
para servir a Dios y nuestro prójimo. El don del Espíritu no es para llevarnos
a momentos privados con Dios para que podamos olvidar este mundo con sus
problemas. El Espíritu nos es dado para que podamos vivir en paz y justicia,
confesando la verdad como miembros de la Iglesia de Jesucristo.
- - Traducido con permiso del Outlook, Junio 2001
- - Boletín Teológico Clir, Reforma Siglo XXI,
Volumen 4, N°2, Octubre 2002

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