¿Dónde Busca El Cristiano La Gracia De Dios?
La Marginación De La Predicación
Por Roberto Spinney
La mayoría de los cristianos hoy
en día no comprenden cómo escuchar un sermón de una hora pudiera ser un acto de
adoración. Esto es porque generalmente pensamos que la adoración es algo
estrictamente emocional. La adoración, según nosotros, es algo que sentimos.
Nos gusta ser “elevados al Señor” en adoración, adoración que contiene una
dosis fuerte de canciónes. La “buena adoración” es aquella que nos mueve, toca
el corazón, y nos impulsa a mover el cuerpo un poco. Ya que igualamos la
adoración con las emociones, tendemos a dividir nuestros cultos en dos partes:
alabanza y adoración (que abarca por lo general cantos y tal vez testimonios),
y la enseñanza (que es el sermón). Contemplamos el sermón como un evento
totalmente intelectual y didáctico (o sea, no nos mueve emocionalmente), por
tanto creemos que la adoración cesa cuando el sermón comienza. Muchos me miran
con la mirada en blanco cuando hablo de “adorar mientras escuchamos la Palabra
proclamada” o “la predicación como un acto de adoración tanto para el
predicador como para el oyente.”
¿Cuál es el
problema aquí? Además de poner demasiado énfasis en las emociones, muchos
cristianos padecen de una perspectiva deficiente con respecto a la predicación.
Pero esto podría ser el resultado - a pesar de todas nuestras afirmaciones
ortodoxas - de una perspectiva deficiente de la misma Palabra de Dios.
Podemos decir
muchas cosas buenas de la Palabra de Dios: es infalible, es inerrante, es
inspirada, es útil, es relevante, es la última autoridad para la fe y vida.
Pero debemos añadir una cosa más, algo que añadieron nuestro antepasados
Protestantes y que hemos olvidado: la Palabra de Dios es un medio por el cual
Dios se nos presenta. En otras palabras, Dios normalmente ya no nos habla a
través de sueños, o profetas como Isaías. Nos habla a través de su Palabra.
Esto quiere decir que si yo quiero oír la voz de Dios y disfrutar de su
presencia, necesito estar bajo su Palabra. Nos encontramos con Dios en su
Palabra. Las Sagradas Escrituras no sólo nos enseñan, nos exhortan y nos
corrigen, sino son el medio normal por el cual nos encontramos con Dios mismo y
le recibimos a él.
Hay que añadir una cosa más cuando calificamos la Biblia...
Esta es una
de las muchas formas en que la Biblia es diferente a los demás libros. Basta
sólo un ejemplo. Un buen libro de historia me comunicará hechos históricos
acerca de Abraham Lincoln. Y un libro de historia muy bueno podría hacerlo de
tal modo que yo podría tener algún entendimiento de sus motivaciones,
personalidad y forma de conducirse. Pero a fin de cuentas sólo obtengo datos de
Abraham Lincoln - no puedo encontrarme con el hombre Lincoln. Esto quiere decir
que mi libro de historia es solamente didáctico: me enseña. Pero la Biblia es
muy diferente. Ciertamente las Escrituras nos enseñan muchos datos acerca de
Dios, su verdad, sus caminos entre nosotros. Una lectura cuidadosa de la
Palabra nos ayuda a comprender la naturaleza de Dios, sus atributos, y sus
motivaciones. En este sentido, como otros libros, la Biblia es didáctica: me
enseña. Pero la biblia es mucho más. Una lectura reverente de sus páginas le
permite al lector encontrarse con el mismo Dios vivo. No sólo encontramos datos
acerca de Dios - nos encontramos con él mismo.
Esto es lo
que queremos decir cuando decimos que la Palabra de Dios es un medio de la
presencia de Dios hacia nosotros. ¿Dónde puedo gozar de comunión íntima con
Dios? ¿Cuándo puedo esperar que Dios me confiera su gracia y me invita a su
presencia? Cuando la Palabra me es predicada de manera cuidadosa y clara.
Manifestamos una perspectiva deficiente cuando negamos (sea en teoría o en la
práctica) que la Palabra predicada sea un medio de su presencia.
Pocos
cristianos hoy creen que la Palabra de Dios es un medio directo de la presencia
de Dios. Pregúntale a algún cristiano dónde encuentra comunión íntima con Dios,
y probablemente te dirá “En los cantos.” Es por esto que se califica ciertos
cultos como “Culto de alabanza y adoración” donde hay sólo cantos. En otras
palabras, usamos los cantos para mediar la presencia de Dios. Aunque no lo
admitiríamos muchos, en realidad creemos que los himnos, o cantos
contemporáneos, o coros de alabanza son más poderosos que la misma Biblia.
Es
precisamente por este motivo que muchos no contemplamos el sermón como el punto
alto del culto. Ya no sabemos cómo encontrar a Dios en su Palabra. Es más - ni
siquiera nos acercamos a la hora del sermón esperando encontrarnos con Dios;
sólo esperamos una lección bíblica. En otras palabras, somos racionalistas y
vemos la proclamación de la Palabra de Dios solamente como un proceso didáctico
e intelectual. Creemos que la verdadera adoración ocurre en las alabanzas y los
testimonios, cuando nuestras emociones son excitadas.
Nuestros
antepasados Protestantes quedarían asombrados por el emocionalismo, el
misticismo y la mentalidad catolicorromana en que hemos caído. Fue la iglesia
Catolicorromana medieval que proveía la mejor expresión de una experiencia
religiosa sensorial no basada en la Palabra de Dios. Las misas católicas eran
regias, misteriosas, y promovían un sentir de lo sagrado. Y por lo general no
proveían por la predicación del evangelio en el idioma del pueblo. En la
iglesia Catolicorromana medieval se usaron la atmósfera y el ritual para
excitar las emociones y para darle al pueblo una experiencia religiosa. Desde
los comienzos los protestantes rechazaron esta interpretación de “alabanza y
adoración.” En contraste, los Protestantes afirmaron que las Escrituras
mediaban la presencia de Dios - no la misa medieval (que aún los críticos de
Roma concedían que era una experiencia profunda religiosa). Los protestantes
pusieron como enfoque principal del culto la proclamación de la Palabra de
Dios. Hasta llamaron la predicación un “medio de la gracia”, que junto con los
sacramentos formaba un canal objetivo al cual Dios se ligaba para comunicar su
gracia. Para nuestros antepasados Protestantes el sermón no fue una “lección
bíblica” que le seguía al tiempo de “adoración.” Tampoco fue una mera
“enseñanza” que le hablaba a la mente mientras los cantos entraban al corazón.
La predicación fue el momento cuando el cristiano tenía la mejor oportunidad de
tener comunión con su Dios.
Sermones de moralejas no nos conducen a la adoración verdadera
Yo entiendo
que el llamado por un culto centrado en la predicación puede sonar raro justo
cuando estamos abandonando este tipo de culto a favor de otros estilos más
“emocionantes.” Pero el culto centrado en la Palabra era común entre nuestros
antepasados. Los protestantes de todo tipo comprendían que la regla para un
culto provechoso podía ser resumida en una sola frase: La Palabra y los
Sacramentos. Durante siglos los Cristianos han encontrado a su Dios mediante la
Palabra escrita, predicada en forma de sermón, y en la Palabra viva, celebrada
en el sacramento de la Santa Cena. Es posible que nosotros somos la primera
generación de cristianos a creer que podemos realizar un culto de “alabanza y
adoración” sin la presencia ni de la Palabra predicada ni los sacramentos.
¿Por qué los
cristianos no creen que la predicación sea el medio principal para alabar y
adorar a Dios? Hay dos razones:
En primer
lugar, porque muchos predicadores predican mal. En particular, tantos sermones
han enfatizado la ética y la moralidad sin situar estos temas dentro de un
contexto de redención bíblica. Por tanto ha llegado a ser casi imposible que el
oyente adore a Dios cuando escucha estos mensajes. Se enfatiza tanto el
comportamiento del cristiano a expensas de la persona de Cristo. Y cuando no
oímos del Dios Trino declarado en el sermón de forma clara, es sumamente
difícil adorarle. ¿Cómo podemos alzar nuestros ojos al cielo en adoración a
Dios por su salvación cuando el bosquejo del sermón es así:
I.
La falla principal de Acab
II.
¿Eres tu como Acab?
III.
No seas como Acab
En otras palabras, sermones de
moraleja y de meros ejemplos - que sólo nos conducen a mirar a nosotros mismos
y preguntar “¿cómo me va?” - no nos conducen a la adoración verdadera. Después
de años de oír sermones no-redentivos nuestros miembros están acostumbrados a
pensar en el sermón sólo como una lección en moralidad. Piensan que el sermón
sólo debe exhortar a la buena conducta y proveer ánimo. Muchos que asisten a
culto nunca han sido desafiados a ver a Cristo en un sermón, por tanto no
esperan verlo, y no saben cómo lo verían.
Por otro
lado, sermones Cristocéntricos, teocéntricos y redentivos sí conducen a la
verdadera adoración. Estos sermones nos llevan a mirar hacia el cielo y ver al
Dios que nos ha redimido. Al exponer estos temas, este tipo de sermón sí es un
medio de la presencia de Dios hacia nosotros. Vemos a Cristo por fe cuando nos
es predicado (“la fe viene por el oír...”). Contemplamos y nos gozamos en
nuestro Dios mientras nos es declarado en el sermón.
Hay una
segunda razón porqué muchos cristianos hoy desconocen la adoración centrada en
la Palabra. Y es porque los oyentes no escuchan bien. Nuestra capacidad
intelectual ha sido reducida por sistemas educativos inferiores, campañas
políticas sin sustancia, programas de la televisión que no requieren pensar,
juegos de videos y nuestra adicción al entretenimiento de tal modo que
encontramos difícil escuchar un sermón de sesenta minutos. Peor aún, somos tan
ignorantes de la historia que no nos damos cuenta de ¡qué tan inmaduros somos!
La mayoría de los cristianos hoy creen que un sermón de sesenta minutos sería
criminal, pero según estos criterios Spurgeon, Whitefield, Calvino, Edwards y
la mayoría de los Puritanos hubieran sido fracasos. El punto es que muchos de
nosotros ya no podemos escuchar de manera provechoso. Sospecho que a muchos no
nos gusta escuchar. Escuchar bien requiere esfuerzo mental, y esto es un
trabajo.
Pero el
problema más grande, pienso, es que no venimos al sermón esperando encontrarnos
con Dios. No escuchamos esperando oír verdades redentoras. No llegamos a la
hora del sermón esperando que la Palabra nos sea medio de la presencia de Dios.
Ciertamente la esperanza de experimentar la presencia de Dios es lo último que
esperamos, y cuando nos ponemos cómodos en la banca lo único que esperamos es
una lección moral sobre algún deber cristiano. Es por esto que gemimos con
impaciencia (¡inaudiblemente, por supuesto!) cuando el pastor, después de haber
hablado por cincuenta minutos, dice, “Y ahora consideremos el último punto.”
Nuestro gemido es prueba que no esperamos que el último punto nos muestre el
Salvador, ni que nos abra la gloria de Dios delante de nuestros ojos. ¿Quién se
quejaría si esperaba ver a Dios más claramente?
No puedo concluir
sin antes aclarar que estoy a favor de los cantos en el culto. Es bíblico, y
por supuesto se debe incluir las canciones en los cultos de adoración. Pero los
himnos y los cantos sólo son efectivos cuando proclaman la Palabra de Dios, y
un himno o un canto a penas toca la superficie de la verdad bíblica. Negamos la
eficacia poderosa de la Palabra de Dios cuando creemos que los cantos son el
mejor medio de la adoración genuina.
También creo
en las emociones. ¡Estar en la presencia del Santo de Israel es emocionante!
Ver a Cristo y exaltarlo llega hasta lo más profundo de las emociones. Pero no
perseguimos las emociones por sí mismas, ni porque nos guste “ser elevados.”
Perseguimos a Dios en espíritu y en verdad; perseguimos a Dios mientras nos
habla en su Palabra.
¿Quieres un
culto de verdadera alabanza y adoración? ¿Quieres tener comunión íntima con
Dios? ¿Quieres tocar realidades espirituales y saborear comida celestial? Pues,
busca a un predicador que enfoca sus mensajes en Cristo, dile que te traiga sermones
de carne que comunican verdades redentoras, prepárate para escuchar, y ¡espera
una fiesta! La buena exposición bíblica no es meramente unas palabras acerca de
Dios; es Dios hablándonos. La buena predicación no es solamente la correcta
proclamación de la verdad; es Dios proclamando su verdad en sus mismas
palabras. Si escuchar a Dios mismo en su Palabra no nos lleva a la verdadera
alabanza y adoración, tenemos un problema que requiere una solución mucho mayor
que agregar unos cantos al culto.
- Robert Spinney (Ph.D
Vanderbilt) es anciano en la Iglesia Bautista Grace en Hartsville, Tennesee.
Nos es dictado de forma firme que nadie en la iglesia se
atreva a prescribir algo (sea grande o pequeño) de su propia opinión o basado
en el consejo u opinión de otro ser humano. Al contrario, él que quiera enseñar
o hacer algo debe hacerlo de manera que esté seguro de antemano que realmente
es lo que Dios manda - sea de palabra o hecho. De lo contrario, debe dejar de
predicar y debe dejar su oficio para hacer otra cosa. A la vez, los demás deben
oír, creer, y aceptar solamente aquello que tenga testimonio seguro de la
Palabra Divina y de Mandato Divino. Si está de acuerdo a la voluntad de Dios,
se debe recibir con toda seriedad, porque será importante para la salvación de
sus almas. Cuando no se observa esta regla, se les hace un daño eterno a las
personas.
Martín Lutero
- Boletín Teológico
Clir, Reforma Siglo XXI, Volumen 3, N°1, abril 2000

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