Del Escritorio Al Púlpito: ¿Importa La Pasión En La Predicación?
por Guillermo Green
Los que predican la Palabra de
Dios no son exentos del cansancio y el desánimo. Cuando un predicador no está
experimentando circunstancias óptimas en su pastorado, podría menguar su fervor,
su pasión. Es más, cada sermón podría llegar a ser una tarea tediosa,
desagradable.
En tales circunstancias, el
pastor reformado estaría tentado a pensar: “De todos modos la Palabra de Dios
no depende de mí. Si predico con o sin pasión, Dios cumplirá sus propósitos.”
Si bien este pensamiento tiene un grado de verdad, sin embargo sería una
lástima que un pastor cediera la pasión por tales excusas. En este artículo
vamos a meditar sobre la pasión en la predicación.
Debe quedar clara la enseñanza
bíblica sobre la Palabra de Dios. No depende ni está amarrada a la condición
del hombre. Aún Balaam profetizó correctamente, aunque por motivos malos y con
intenciones contrarias a la gloria de Dios. Dice Salmo 119:89: “Para siempre,
oh Jehová permanece tu palabra en los cielos.” Jesús dijo, “El cielo y la
tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).
La Palabra de Dios no sólo
permanecerá más allá que este mundo, sino que es efectiva. El autor a los
Hebreos la asemeja a una espada cortante de dos filos, y discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12). Por medio del
profeta Isaías Dios declara que su Palabra es tan efectiva como la lluvia que
hace crecer las hierbas, así su Palabra cumple los propósitos con los cuales es
enviada (Isaías 55:10,11). Muchos otros pasajes de la Biblia testifican que la
Palabra de Dios no es limitada a las debilidades de los hombres.
Más aún, ya que la Palabra de
Dios es una manifestación de la soberanía de Dios, Pablo puede decirle a
Timoteo que “predique la palabra a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:1-3).
La predicación no depende de circunstancias favorables que invitan a la pasión
y favorecen el buen ánimo. En el contexto de 2 Timoteo 4 Pablo menciona que
muchas personas no querrán oír la verdad, sino que irán tras otros mensajes más
atractivos. Pero Timoteo debía proclamar la Verdad divina como los profetas de
antaño - sea que muchos crean o no.
Todos estos puntos parecerían
llevarnos a la conclusión que la pasión y el fervor en la predicación no son
necesarios. Aún podríamos mencionar a Pablo, que dice que llegó a Corinto en
debilidad, con temor y temblor, no con elocuencia ni sabiduría humana. ¿Es
necesaria la pasión en la predicación? Definamos primero qué es la “pasión”
En el diccionario encontramos
diferentes matices en cuanto a la definición de “pasión.” La raíz viene de
“padecer”. Hoy todavía hablamos de la “pasión de Jesús”, cuando más sufrió por
los pecadores. Aristóteles usaba el término para describir toda afección del
hombre, contrapuesta a la acción. Y se ha usado en la filosofía desde ese
entonces para esa parte del hombre que llamamos “afecto”, y mucho se usó para
describir afectos o deseos malos - “pasiones de la carne.” Hoy se usa
comúnmente para describir la forma en que una persona habla o actúa - “predicó
con pasión.” Esto significa que el predicador habló con cierta vehemencia, se
notó urgencia y sinceridad en su mensaje.
Para efectos de este artículo,
definiremos la “pasión” según una de las definiciones del diccionario Océano:
“Deseo o afición vehemente a una cosa.” No vamos a hablar en primer lugar de la
forma externa de un sermón - aunque creo que la pasión se desborda en la
presentación también. Pero estamos definiendo la “pasión” como ese deseo
profundo de que el oyente crea y obedezca lo que se predica. Sería opuesta a la
serenidad, la frialdad, la apatía, y la tranquilidad (Océano, Sinónimos y
Antónimos).
Dios reveló su gloria a Moisés
en el monte de Sinaí. Estuvo en su presencia por 40 días. Luego de dar los 10
mandamientos, Dios invitó a Moisés con los ancianos a comer en su presencia -
señal de comunión en el pacto. Después del pecado de Israel con el becerro de oro,
Moisés pide ver la gloria de Jehová, y Dios anuncia su gloria y su Nombre con
las palabras: “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para
la ira, y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares,
que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá
por inocente al malvado” (Exodo 34:6,7). El relato dice que al oír el Nombre de
Dios proclamado, se apresuró, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró. Esta
revelación de Dios a Moisés fue, sin duda, un paso muy importante en su
ministerio. Comprendió a Dios mejor, fue traído más cerca al corazón de su
Señor, en ese monte fue moldeado más a la imagen de Dios. Y le confirió las
cualidades necesarias para el resto de su ministerio.
La presencia íntima de Dios tuvo
un impacto sobre Moisés que duró toda su vida. Moisés pidió ser borrado del
libro de la vida antes que las promesas de Dios fallaran. Su ser entero estaba
absorbido con la gloria del Nombre de Dios. No quería que las naciones se
burlaran de Dios y su pacto, no quería que los incrédulos tuvieran motivo de
blasfemar. La gloria resplandeciente en el rostro de Moisés no era algo sólo en
la superficie de su piel - profundizaba a la parte más íntima de su alma, y
consumía todo su ser. Y a pesar de las fallas humanas de Moisés, el libro de
Hebreos nos recuerda que Moisés fue “fiel en toda la casa de Dios” (Hebreos
3:2). Una pasión por Dios y su gloria consumía a Moisés, y lo llevó hasta la
muerte en el servicio de sus propósitos.
No sólo en Moisés, sino en
muchos de los santos del Antiguo Testamento encontramos esta misma pasión, este
mismo celo. Recordamos la reacción de Isaías ante la visión del Dios tres veces
santo - era de adoración, de arrepentimiento, y de consagración. Y la tradición
judía nos dice que Isaías fue fiel hasta la muerte, muerte por ser aserrado por
la mitad bajo Manasés. El capítulo 11 de Hebreos, el capítulo de los “héroes de
la fe”, nos relata muchos ejemplos de personas tan “apasionadas” por Dios y su
gloria, que estuvieron dispuestas a llevar “vituperios, azotes, prisiones y
cárceles” (Hebreos 11:36). La pasión bíblica es la pasión por Dios y su Nombre.
La pasión bíblica - el deseo o afición “vehemente” por la gloria de Dios - ha
sido una cualidad de todos los santos. Y vemos esta pasión en su forma más pura
y clara en nuestro salvador, Jesucristo.
El celo por su Padre
consumió a Jesús
El celo por su Padre consumió a
Jesús. La pasión por la gloria de Dios que compartían los profetas era sólo una
sombra de la pasión que tuvo el Hijo. Desde los 12 años encontramos a Jesús
apasionado por la obra que su Padre le había encomendado. Jesucristo realizó
todo su trabajo de todo corazón - nada fue hecho a medias. Amonestó fuertemente
a los que profanaban el templo, y recibía con ternura a los pecadores
arrepentidos. Ni siquiera podía ver masas de gente y quedarse apático ante
ello; nos relata el Evangelio que Jesús vio las multitudes, “y tuvo compasión
de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen
pastor” (Mateo 9:36). Nada que hizo el Señor carecía de pasión, de intensidad,
de identificarse con la misión de su Padre.
En el huerto de Getsemaní, por
supuesto, tenemos la lucha más clara y apasionada de Jesús por la Iglesia. Sus
gemidos nunca serán igualados ni comprendidos por los mortales. Lo único que
podemos hacer es quedarnos a la orilla de la escena y maravillarnos de la
gracia de Dios, y del infinito amor de nuestro Señor por nosotros. ¿Acaso
contemplar a Jesús en el huerto nos deja sin efecto alguno? ¿No conmueve el
alma y el corazón? Ciertamente impactó profundamente a los apóstoles.
Leemos en Hechos 2 que Pedro le
decía con profunda sinceridad a los judíos que se arrepintieran de sus pecados,
porque el Jesús que habían crucificado ahora vive y vendrá como juez.
Leemos que los apóstoles
proclamaban el evangelio con “denuedo”, a pesar de amenazas de muerte. Los
mismos judíos tomaban nota de su valor (Hechos 4:13), y “les reconocían que
habían estado con Jesús.”
Escuchemos las palabras de
Pablo: “...prefiero morir, antes que nadie desvanezca esta mi gloria. Pues si
anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta
necesidad; y ¡ay de mi si no anunciare el evangelio!... a todos me he hecho de
todo, para que de todos modos salve a algunos” (1 Cor. 9:15,22).
Jesús realizó su ministerio
consumido por la gloria de su Padre, “apasionado” en su labor. Y este mismo
Espíritu de Jesús es transmitido a sus siervos, para que sientan una misma
pasión, y mismo celo por el Nombre de Dios. Un anhelo por la salvación de los
perdidos, un deseo ardiente por ver la Iglesia de Cristo edificada, un celo por
la justicia de Dios - estas cosas ahora arden en el alma del Cristiano, y
especialmente en el que es llamado a proclamar su Palabra. Mi querido amigo que
lee estas palabras - si no sientes esta pasión, ¡tu la necesitas! No porque tu
pasión vaya a salvar a las personas. Ya vimos que esto no es el caso.
Necesitamos una pasión por Dios y por nuestro trabajo porque nuestro llamado
debe consumirnos cuerpo y alma.
En primer lugar, tu necesitas
pasión para ti mismo. Si tu eres predicador, tal vez crees que basta que
prediques la Biblia de manera responsable y pastorees a tu rebaño. Pero mi
hermano, habrá ocasiones cuando se requerirá valor más que exégesis cuidadosa.
Habrá ocasiones cuando se necesita la compasión antes que exposiciones lúcidas
de la Biblia. La esencia del Cristianismo incluye más que la comunicación
intelectual de verdades - se trata también de la convicción, la confianza, el
denuedo - en otras palabras, la pasión. Primero tu y yo necesitamos de una
pasión por Dios, su gloria, y por nuestra misión.
En segundo lugar, tu iglesia
necesita a un pastor de pasión - y recordemos que no estamos definiendo el
término “pasión” por algún estilo de predicación. Cuando un pastor labora en el
rebaño con pasión, penetrará en la vida de su congregación - sus alegrías y
pruebas, sus tentaciones y triunfos. No hay cosa más triste que un sermón
“ortodoxo” que carece por completo de todo sentido de la lucha humana. Una de
las razones que Dios ha dado el evangelio en “vasos de barro” es para que
juntos - pastor y congregación - podamos maravillarnos del poder de Dios
perfeccionado en debilidad. La pasión llevará al pastor a una intensidad mayor
de amor y compasión por las ovejas.
Tu iglesia necesita a un pastor
de pasión también porque serás un mejor predicador - no porque cambiará tu
estilo por algún fervor fingido. Una verdadera pasión por predicar la Palabra
de Dios resultará en el deseo de pensar más claramente acerca de las
necesidades espirituales, emocionales y físicas de la congregación. Y cuando
subas al púlpito, será manifiesta la compasión de Cristo, se manifestará el
poder del Espíritu, y Dios superará tus debilidades naturales. Valor de lo alto
será tuyo, y hablarás cuando otros callarían. Irás adonde otros no irían.
Bendecirás a los que otros han desechado. Cumplirás la misión que Dios te ha
encomendado. Dijo el apóstol Pablo, “olvidando ciertamente lo que queda atrás,
y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta...” (Filipenses 3:13).
Oración: “Padre, otorga a tu
Iglesia pastores apasionados - de pasión no nacida de deseo humano, sino la que
está encendida por tu gloria, nutrida por tu misericordia y compasión por los
pecadores, y revelada en la proclamación sincera y valiente de tu Palabra.
Amen.”
- Boletín Teológico Clir, Reforma Siglo XXI,
Volumen 3, N°1, abril 2000

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